¿Quién no se ha parado frente a un espejo y en la soledad, se ha movido como su interior le pide hacerlo?

Sin importar la edad que tengamos, frente al espejo somos lo que somos y en algunas ocasiones por un momento corto, nos sorprendemos, haciendo muecas, piruetas, o sencillamente nos miramos con ojos de picardía.

Ese espejo al frente nos revela algo íntimo, que no nos es revelado por nadie afuera y que nos permite vernos desde otro lugar, desde otra perspectiva.

Desde niños siempre hemos acudido al espejo para que este nos diga, cualquier cosa que necesitemos atestiguar o ver de nosotros y que de otra manera sería imposible.

Ese espejo es el que guarda ese secreto de lo que no queremos mostrar y que en algunas ocasiones podríamos considerar lo más feo,  pero también lo más frágil, lo más dulce, lo más inocente de cada uno.

El espejo nos puede revelar ese niño que todos llevamos dentro y que busca expresarse, para contarnos que aún sigue vivo en nosotros, que aún como a ti y como a mí nos  gustan los dulces, los mimos, las caricias, los saltos, el juego y que siempre nos acompañará hasta el último día de nuestras vidas.  Nos acompañará para recordarnos el disfrute y gusto por la vida, la risa, el canto, el juego y el amor.

Escrito por: Jeannette Romero

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